Angélica Liliana Silva Franco*
* Economista, Docente Programa Administración de Empresas Turísticas y Hoteleras. Universidad del Magdalena. Estudiante de
Maestría en Educación con Énfasis en Docencia. Universidad para la
Cooperación Internacional de México- UCIMÉXICO. Correo electrónico: asilvafra@gmail.com
La
innovación ha recibido diferentes acepciones y ha sido tratada desde diversas
disciplinas, como un término que ha cobrado una mayor importancia desde la
intensificación del uso de las nuevas tecnologías de la información y las
comunicaciones y el proceso de globalización.
Como lo afirma Formichela (2005), la coincidencia en las diversas
definiciones sobre innovación está en la relación con la idea de cambio, de
algo nuevo, y en que la innovación es tal, cuando se introduce con éxito en el
mercado. El punto de diferencia está con respecto a qué es lo que cambia.
El
reconocido economista Jhoseph Shumpeter (1935), otorgó una definición más
general y consideró que la innovación se determinaba a partir de los cambios en
el mercado cuando se introduce un nuevo bien o nueva clase de bienes; se
incorpora un nuevo método de producción no experimentado en un determinado
sector; se usa una nueva fuente de materia prima o cuando se incorpora una
nueva estructura de mercado en el país.
Sin
embargo, la innovación no ha sido un término exclusivo para explicar los
cambios en el entorno económico o empresarial; su definición permite entender
que representa un camino mediante el cual se desarrollan cambios significativos
dentro de un proceso o sistema determinado, y en ese sentido, el campo
educativo ha adaptado el término para replantear la forma de llevar a cabo el
proceso de enseñanza-aprendizaje.
Hasta
hace algunos años, se consideraban como únicos factores ligados al crecimiento
económico a la mano de obra y al capital, pero diversos teóricos han postulado
y demostrado que la educación, el conocimiento y el capital intelectual son
elementos de gran incidencia en el desarrollo económico. Esta nueva forma de
interpretar la economía se ha denominado economía basada en el conocimiento,
definida como aquella en la que la generación y el conocimiento son
predominantes en la creación de bienestar (CEIM, 1992; 16).
Así,
hablar de Innovación en la Educación, consiste en realizar “proyectos
socioeducativos de transformación de nuestras ideas y prácticas educativas en
una dirección social e ideológicamente legitimida, y que esa transformación
merece ser analizada a la luz de criterios de eficacia, funcionalidad, calidad,
justicia y libertad social” (Rimari; 4). Es decir, la innovación educativa
implica una serie de cambios y transformaciones en el sistema educativo, que
son de verdadera significancia y que además permiten la articulación y
socialización de ideas y experiencias de todos los miembros de la comunidad
académica.
Por
ello, tal como la sociedad se transforma y se ve inmersa en una serie de
cambios por las dinámicas políticas, históricas, culturales, económicas,
religiosas, etc., la educación también se ve sujeta a realizar ajustes para
guardar coherencia con la realidad en la cual se desenvuelve. No se puede
pretender educar de la misma manera en el Siglo XXI a como se educaba en el
siglo XIX, porque los fines educativos eran otros, la situación social,
económica y política era totalmente diferente a la que se presenta actualmente,
y sólo de esta forma, se podría garantizar una educación acertada y articulada
a las necesidades de la actual sociedad.
No
obstante, pese a esta necesidad, se constata que dentro del sistema educativo,
aún se presenta una resistencia a dichos cambios, existe una actitud de rechazo
o recelo a las transformaciones que se avecinan y de igual forma, parece
existir una sutil inclinación para que las cosas permanezcan igual,
descalificando las ventajas de la innovación y oponiéndose a las exigencias que
ésta conlleva (Díaz, Díez, Maroto & Martínez, 1992).
La
resistencia por parte del personal docente se deriva de diversas causas, entre
las cuales se pueden mencionar, los propios problemas del sistema, puesto que
algunas instituciones mantienen un rígido esquema y se ven muy limitadas por la
falta de recursos, baja capacidad de gestión, poca articulación con otras
instituciones y programas, primacía de intereses individuales e insuficiente transferencia de resultados.
Entre otras causas, se pueden mencionar la oposición de los cuerpos directivos
a las innovaciones, puesto que temen afrontar riesgos asociados a los cambios
de nómina, estructurales, reformas institucionales o pérdida de prestigio. La
baja cultura de la innovación, es también resultado de la histórica
discrepancia entre la teoría y la práctica, que suele caracterizar al sistema
educativo, en efecto, como lo argumenta Aguerrondo (1992), “la experiencia
muestra que la lógica de los técnicos no siempre coincide con las necesidades y
problemas que han de enfrentar los profesores en las aulas” (p.382).
Desde el
punto de vista Latinoamericano, la innovación educativa ha sido un tema
relativamente reciente; si bien desde los años sesenta se introdujo el término
para el entorno educativo, se relacionó como un sistema externo asociado a la
modernidad más no como un proceso capaz de transformar la cultura de las
instituciones educativas. Así, en los años setenta, las reformas educativas en
el contexto latinoamericano se concentraron en el alcance de objetivos como
disminución del analfabetismo, reducción de la deserción, definición de
lineamientos para la calidad, entre otros, que se establecieron de manera
general y que se condensaron en documentos extensos y de difícil aplicación
(Aguerrondo, 1992; 386).
Sin
embargo, a partir de la década de los 90, se inician una serie de cambios que
persiguen mayor equidad y calidad en el sistema educativo. Estas reformas,
implicaron mayor participación de los actores para legitimar las propuestas y se
desarrolló porque se generó en la región un proceso de descentralización que
otorgó mayor autonomía a las instituciones educativas. Los ejes y estrategias que definieron la
nueva política educacional en América Latina, se fundamentaron en mejorar la
gestión, alcanzar un mayor nivel de equidad y calidad, desarrollo profesoral y
financiamiento (Gajardo, 1999).
Los
resultados de dichas reformas han sido someros y poco conocidos; si bien en los
últimos años, se han hecho esfuerzos desde los diferentes Ministerios de
Educación de la región por recopilar experiencias exitosas en el tema de
innovación educativa, éstos procesos han obedecido más a criterios de
instituciones que se desenvuelven en el ámbito de la innovación, que en sí, por
iniciativa o interés propio de los países en recoger dichas experiencias para
resarcir dificultades y/o aprovechar potencialidades. No obstante, parte de esa experiencia se puede
encontrar en la red INNODATA creada por la UNESCO desde 1993, en la cual se
identifican e intercambian experiencias
e información sobre innovaciones educativas que han desarrollado los países
miembros, pero no delimita una serie de criterios específicos para seleccionar
dichas innovaciones.
En la
recopilación de algunas de esas experiencias, pueden mencionarse casos
concretos de países como México, Brasil y Colombia. En el caso de Colombia por ejemplo, el Ministerio
de Educación Nacional adelanta desde 2010 la consolidación de un Sistema de
Innovación Educativa basado en las TIC, que incluye desarrollo profesional
docente, educación virtual, gestión de contenidos, fomento de la investigación
y acceso a la tecnología; además se están fortaleciendo 5 centros de Innovación
Educativa Regional en los que se forman docentes y se adelantan procesos de
investigación en torno a la educación, y como producto a destacar, se puede
señalar el portal Colombia Aprende, que fue reconocido por la UNESCO como uno
de los tres mejores portales educativos de América Latina y el Caribe
(MINEDUCACIÓN, 2010).
En México,
se señala la creación de Innovación Educativa-INED, antes Casa de la Ciencia,
creado por el CONACYT en 1994, que ha realizado una labor de articulación con
otras entidades educativas para analizar y valorar innovaciones en educación;
encontrando que las experiencias más sobresalientes son aquellas donde se
presenta un mayor grado de autonomía y flexibilidad respecto al sistema formal;
particularmente se destacan experiencias en el ámbito rural y en la educación
intercultural bilingüe para las comunidades indígenas.
En el
caso de Brasil, se destaca el esfuerzo por mejorar la cobertura de la oferta
educativa pero que desafortunadamente aceleró el déficit fiscal público y ello
generó propuestas tendientes a la privatización que más tarde incidieron en la
perversa deliberación de las élites, negando oportunidades de educación en las
comunidades más pobres (UNESCO, 1995). Lo anterior, limitó la capacidad de
innovación en prácticas pedagógicas y en atención a las demandas sociales,
conduciendo a una enorme inequidad en la oferta y distribución de las
oportunidades educativas.
En
común, estas experiencias revelan algunos avances en materia de reformas al
sistema o mejoras estratégicas en determinadas áreas, pero también señalan que
existe una brecha, aún bastante grande, en cuanto a la incorporación y
desarrollo de soluciones a los problemas pedagógicos más apremiantes de la educación
(infraestructura, desarrollo profesoral, investigación, calidad educativa,
sistemas de evaluación, modelos pedagógicos, entre otros). En general, la
realidad refleja que la innovación educativa en América Latina se ha reducido a
la incorporación de herramientas tecnológicas más modernas pero que dan una
vana ilusión sobre el impacto que se produce en el aprendizaje significativo de
los estudiantes.
Si se quiere cambiar el espectro actual, las reformas e
incorporación de las tecnologías deberían aportar al desarrollo de mejores
prácticas pedagógicas, que permitan difundir formas de trabajo escolar
realmente transformadoras y enriquecedoras en la formación integral de los
discentes, abarcando diferentes temáticas como currículo, ambiente de aprendizaje,
educación ambiental, producción de material intelectual y fortalecimiento de
las capacidades docentes, entre otras.
BIBLIOGRAFÍA:
AGUERRONDO,
I. (1992). La Innovación Educativa en América Latina: balance de cuatro
décadas. Perspectivas, vol. XXII, No. 3, pp. 381-394.
FORMICHELA,
M. (2005). La evolución del concepto de innovación y su relación con el
desarrollo. Monografía realizada en el marco de la beca de iniciación del
INTA: Gestión del emprendimiento y la innovación. Estación Experimental
Agropecuaria Integrada Barrow. Tres Arroyos.
GAJARDO,
M. (1999). Reformas educativas en América Latina. Balance de una década. PREAL.
Documento No 15. Santiago de Chile.